La desgracia

Por Salvador Cristofaro
Argentina

El anuncio en el cartel decía: Se afinan platillos voladores. Era la última cualidad de Manuel. La evidencia estaba ahora colgada en un poste al lado del taller.

Manuel tomaba mate junto a la pecera contemplando el surubí, cuando alguien aplaudió desde afuera llamando. Después de un sorbo, Manuel le contestó que ingresara. El individuo exterior volvió a aplaudir, y luego de un nuevo sorbo, Manuel respondió que se adelantara para dejarse ver. El sujeto volvió a palmotear y Manuel, nuevo sorbo mediante, salió hasta la entrada para ver quién era. Se trataba de un hombre de unos treinta años, morocho, muy blanco, flaco y alto, que no hablaba. Manuel le preguntó qué necesitaba y el forastero no respondió. El morocho escudriñaba todo afablemente, y Manuel, tranquilo todavía, volvió a preguntarle qué quería por estos lados. Entonces el morocho respondió en inglés; una muchedumbre de palabras que a Manuel se le hicieron ininteligibles. Y no se sabe por qué Manuel le preguntó si hablaba guaraní, ni por qué el inglés le respondió que sí, en guaraní, aclarando que venía justamente del Paraguay.

Manuel seguía sin entender. Entonces el morocho volvió al inglés, y en sus fueros idiomáticos divagó sobre algunas inquietudes mientras Manuel lo miraba asombrado. Concluyó separando claramente las palabras “hot” y “dog”, y se fue. Se subió a su enorme camioneta y se fue.

En horas de la tarde, mientras dormía la siesta en una hamaca en el patio del taller, un tábano lo picó en la mejilla. Se despertó estampándose una cachetada y vio que su perro, ciego de nacimiento, chillaba girando enajenado sobre su eje tratando de morderse la cola, aumentando su velocidad con cada vuelta. Japi, el perro que giraba, tenía atado sobre su cabeza a otro perro más pequeño que oficiaba de lazarillo. Jack, el perro lazarillo, no gritaba porque estaba muerto como un colgajo endeble. Entonces Manuel empezó a preocuparse. Acercándosele trató de apaciguarlo, pero Japi quiso morderlo soltando su baba, y un instante después cayó de costado en un ataque de epilepsia. Manuel entró al taller, agarró el rifle y luego le disparó tres veces. Japi murió con su sonrisa de siempre. Era un perro que reía por una malformación a un costado del hocico.

Después de cuerearlos, los enterró en el fondo. Luego, Manuel se sentó nuevamente al lado de la pecera a tomar mate y observar el surubí que se movía como un alga. El calor sobrado formulaba espejismos. Un chimango sobrevolaba el taller dando alaridos. El sonido de una motito pasó al margen. Alguien encendió el motor de un tractor. Nahuel, el hijo de Rubén, entró inesperadamente al taller y le comunicó a Manuel que Fabián, el hijo de Mario, se había trepado a una antena de señal telefónica y amenazaba con suicidarse. Manuel le dijo que iría en seguida.

Cuando llegó hasta el predio de la antena, cerca de su taller, el tal Fabián estaba en la cima. La antena tenía unos cincuenta metros, y en la punta el adolescente agitaba un brazo gritando, declarando que se iba a tirar. Ya se había formado una multitud que aumentaba a medida que pasaba el tiempo. Todos estaban expectantes observando a Fabián, que reclamaba a lo lejos la presencia de Mariana, la chica que lo había abandonado. En un momento, Ricardo, el hijo de Hernán, comenzó a aplaudir al son del “que se tire”, “que se tire”, “que se tire”, y contagiosamente, el resto de los presentes empezó a seguirlo hasta que se armó un coro como el de los estadios. Manuel también cantó, divertido. Fabián gritaba desesperado el nombre de su amor, que se diluía entre los cánticos del público. Mariana apareció después, y también se unió a la manifestación popular. En ese instante, Fabián comenzó a descender de la antena y la gente se fue callando. Al llegar al suelo, los espectadores lo palmearon en la espalda y su madre le dio una bofetada, lo agarró del brazo y se lo llevó.

Manuel volvía al taller, y al ir acercándose notó que una mujer lo esperaba apoyada en un auto celeste, frente a la entrada. Era su hija.

No se veían hacía quince años. Lorena, su hija, se había fugado una noche. Ahora estaba ahí, con una sonrisa insegura frente a su padre. Manuel la abrazó tan fuerte que Lorena se ahogó, tosiendo fuertemente. Después entraron al taller, y Manuel empezó a mostrarle cada uno de sus últimos inventos. La caja que hacía llover con su respectivo contrato, firmado por las autoridades correspondientes que avalaban su eficacia; el seductor de moscas, el adivinador de resultados de lotería, y su reciente afinador de platillos voladores. Mientras su padre explicaba al detalle el funcionamiento de cada aparato, su hija asentía, obsecuente, con unos “qué bueno”, “qué lindo”, “¡qué bien!”, y demás. Manuel se sintió satisfecho, hasta que de un momento a otro Lorena le pidió plata. Le contó que unos delincuentes con caras de vampiros le habían robado todo su dinero, e incluso maltratado a golpes. Manuel le pidió ver esos golpes que no estaban a la vista por ningún lado. Lorena le dijo que todos sus moretones estaban tapados por el pantalón. Manuel le pidió que se bajara los pantalones para ver. Entonces Lorena se ofuscó tanto y empezó a insultarlo tan fuerte, tan descaradamente, que Manuel la desmayó de una trompada.

Para comprobar lo que su hija le había dicho, le bajó los pantalones hasta la rodilla y vio que efectivamente estaba llena de hematomas. Manuel se arrepintió y la alzó en sus brazos, y después la llevó hasta la hamaca y la recostó. Comenzó a mecerla cantando un chamamé, después silbándolo y por último percutiendo en su propia panza; pero Lorena seguía desvanecida. Manuel la dejó como estaba y fue a sentarse otra vez al lado de la pecera para mirar el surubí.

Dio el sorbo más largo de la historia cuando su hija se colgó de su cuello por atrás y empezó a morderle la quijada arrancándole un pedazo. Decían que Manuel era un hombre fuerte, encallecido por los años. Decían que comía ratones. Así que aferró a Lorena con sus dos manos por el cuello y con un envión la dio vuelta por encima de su cabeza, dando ella de frente contra la pecera después. El agua se desparramó abarcando una gran cantidad de superficie, tumbando cosas a su paso. El surubí boqueaba a los coletazos chocando contra los aperos, y Lorena estaba inmóvil, boca arriba, temblando levemente. Manuel sangraba mucho, pero no hizo caso del reguero que dejaba.

Al final, asió el surubí por las agallas y arrodillándose ante su hija se lo incrustó en la boca, que estaba muy abierta por la creciente falta de aire que la ahogaba. Ella tenía atravesado un pedazo de vidrio largo en el pulmón izquierdo. Ella, Lorena, había querido cerrar la boca a tiempo, pero sus reflejos habían sido lentos. Por lo cual el surubí agonizaba su momento final traspasando la garganta de Lorena, mientras ella hacía lo suyo junto al pez.

Manuel lloraba sin lágrimas al lado de su hija que respiraba cada vez menos. Su desconsuelo duró hasta que se acordó de que en unos minutos harían el primer sorteo de la lotería provincial. Entonces prendió la radio, y pegando su oreja al parlante prestó atención cerrando los ojos. Cantaban los números sucesivamente hasta que dieron con el puesto número uno. Manuel saltó como si estuviera parado en una colchoneta y se dirigió hasta donde estaba el adivinador de resultados de lotería, pero no lo encontró. Se asustó, pero se dio cuenta de que estaba caído en el piso, junto al caos general. Lo levantó y girando una perilla, para un lado y para el otro, registró el puesto número uno. Manuel estaba convencido de que su aparato era una maravilla. Se acercó hasta Lorena, que aún no había muerto, y una certidumbre cruzó su mente; debía evitar que siguiera sufriendo, como lo había hecho con Japi. Entonces agarró la carabina y retirando el surubí fallecido de adentro de su boca apoyó el caño en su frente, susurró tres palabras y le disparó. Lorena estaba muerta. Manuel se sentó a su lado y empezó a rezar.

Se sintió vinculado con Dios. Sintió que su hija se entregaba a Él. Estaba en buenas manos. Después derramó el resto de aceite de maíz que le quedaba sobre la frente agujereada de Lorena, dando su bendición de padre con la unción. La recogió entre sus brazos, la llevó hasta el patio; pasó una hora ahondando en el foso de los perros, y pacientemente la enterró con ellos. Cuando terminó se sintió desconsolado, impresionado por el breve rasgo de bestialidad que notó en sí mismo. Lo dejó de lado. Dedicó una hora más a ordenar el lío desatado. Luego cerró el taller, se subió a su moto y se fue hasta el club español a jugar a las cartas e ingerir sidra con los amigos.

Volvió al taller. Un chimango volaba en círculos encima del patio, aunque esto no se debía exclusivamente a la inhumación. A esa hora pasó por el frente del taller un vehículo parlante divulgando en su última pasada el precio del tomate, de las papas y del pan. Entonces, Manuel recordó lo que siempre supo. El 17, la desgracia. En el momento de registrar el número en el adivinador de resultados no había caído en la cuenta. Pero era evidente que los desenlaces estaban a la vista. Manuel decidió encerrarse en el taller hasta el próximo día.

Por la noche, un estruendo de explosión lo despertó. A través de las claraboyas ingresaba un fulgor anaranjado tenue. Manuel escuchaba murmullos que se acercaban, por lo tanto decidió abrir el taller y salir a ver qué pasaba. La vivienda contigua, a unos pocos metros, ardía en fuego. Las llamas surgían por los cuadrados de las ventanas, por la puerta, por todos los huecos donde no había cemento. El gentío apareció cronológicamente, como en todos los sucesos misteriosos. Manuel escuchó las primeras suposiciones, y él tenía las suyas. A ciencia cierta, nadie sabía si el Esteban, como le decían, estaba dentro de la casa o no. Después llegaron los bomberos y apagaron el incendio. El Esteban sí estaba dentro, carbonizado. Empezaron a ratificar un montón de conjeturas vagas, relacionadas con la idea del suicidio de Esteban, consecuencia de sus dificultades económicas y amorosas. Alguien hasta llegó a decir que había pactado con el demonio. Cuando ya no hubo nada más para ver, ni nadie más a quien echarle la culpa, la gente se disipó. Manuel entró al taller silbando, consciente de poseer el invento más prestigioso de todos, y se encerró nuevamente.

Por la mañana el ambiente estaba tranquilo. Abrió el taller como todos los días y notó en el estado del presente una circunstancia demasiado calmada. Manuel no escuchaba los típicos ruidos de motos, bicicletas con falta de aceite, maquinaria en general. Salió al patio trasero y todo estaba bien, normal, como siempre; hasta que lejano, este sonido semejante a un ventilador metálico en una potencia intermedia comenzó a vibrar a unos pies de altura. Un sonido aéreo, a turbohélice avecinado, llegando.

El ruido fue acrecentándose hasta invadirlo todo. Manuel salió del taller y allá vio el principio de la formación de un grupo de Hércules C-130 que avanzaban pesados como un tropel de gordas cansadas. Se subió a la moto, pero ésta no arrancó. Se subió al auto de su hija, pero éste no arrancó tampoco. Entonces decidió correr usando lo que le quedaba de vida. Los enormes aviones se acercaban implacables, verdes, y estaban a punto de pasar por encima de la población, sin señales todavía. Luego, Manuel entendió que el curso de los Hércules no estaba en la línea que suponía. Lo que pareció ser una dirección concreta empezó a torcerse. Desesperado, agitando sus brazos como dos limpiaparabrisas, corrió en aquel incierto derrotero detrás de los gigantes voladores. Al pasar por la antena de señal telefónica, ya sin aire, descubrió que una persona la trepaba de espaldas a él. Manuel no pudo reconocer si se trataba de Fabián o de otro individuo. Frenó quedándose expectante, observando la escalada. Al llegar a la punta, el sujeto se precipitó al vacío sin pensarlo demasiado. No había nadie en los alrededores.

El último Hércules se escapaba en el horizonte. Después Manuel se acercó hasta la base de la antena y vio que efectivamente se trataba de Fabián. El chico todavía respiraba, inmóvil. Entonces, esa certidumbre cruzó de nuevo por su mente; debía evitar su sufrimiento. Manuel se arrodilló ante Fabián, tomó su cabeza entre las manos, tragó saliva, y la giró brusco hacia un costado.

Volvió después al taller, caminando como un futbolista al final de un partido.

En horas de la tarde, hundido convexamente lomo abajo dentro de la hamaca, una araña negra de más de diez centímetros de longitud aterrizó en su cara y lo despertó. Sin hacerse mucho problema afín al suceso, la apartó de una bofetada e intentó proseguir con el sueño que la vigilia había interrumpido. No habría de poder.

Precipitación de arañas gemelas como la primera que había aterrizado sobre la cara de Manuel fue lo que comenzó a sobrevenir siguiendo con lo inaugurado por un hecho inaudito e inesperado.

De una circunstancia a la otra la hamaca se había colmado de arácnidos demasiado grandes que intentaban huir o volver al espacio de donde habían partido arrebatadas por un huracán incongruente. Molesto y a las puteadas, Manuel saltó hacia un costado y se dirigió a buscar la carabina.

Comenzó a dispararles una por una hasta que se quedó sin balas. Un minuto después, y debido a un sortilegio del que no pudo desertar por la inminencia del mensaje develado, Manuel murió sin sufrimiento, sin saber por qué le había tocado, así como así.

Con respecto a ese chimango que el día anterior había volado en círculos encima del patio, ahora estaba apoyado sobre la nariz de Manuel picoteándole un ojo, saboreándolo.

La memoria de las piedras

Versión libre de Antígona de Sófocles

Por Amalia van Aken
Argentina

Santa Cruz, 1921

Antígona: (De noche, luz de luna. Está sola, en el patio de su casa, mirando hacia el campo abierto) Un desierto de piedra. Nada más que un desierto de piedra. Casi siento el filo de las rocas puntiagudas en mi piel. Me lastiman… pero la luna está tan hermosa…
Hay sangre derramada. Puedo olerla. Siento casi con la yema de los dedos como fluye limpia desde un cuerpo recién muerto. Percibo su calor húmedo, su perfume que brota como un llanto del ojo de su herida. Pero todavía no puedo verla.

Debo acercarme, ir hacia allá. La noche clara me guía.
Ay. Ya me duele un dolor que no me explico: el de la premura. Sin saberlo aún me hiela la sangre. Debo saberlo en algún lugar. Sí, conozco el final.

(Silencio. Sólo se oye el canto de las chicharras. Llega Ismena corriendo, al ver a Antígona se para en seco frente a ella. Se observan largamente.)

Antígona: (A Ismena) Entonces era él. El otro muerto era él. Ahora ya conozco el final con todas las letras. Ahora nada será inevitable.
Me hundo, hermana. De a poco siento cómo el barro va subiéndome hasta las sienes. Es un barro caliente y espeso. Me va tragando como una tarántula a una hormiga, como una boa a un corderito. Con esa lentitud casi hermosa, seduciéndome con la idea del descanso eterno y haciéndome creer que la liberación es posible.

Ése es el destino que alguien ha escrito para mí. Quien lo haya hecho, ha utilizado como estrategia el hacerme creer que soy libre y que puedo escapar cuando quiera. Se ha ocupado de que mi objetivo no sea ambiguo y todo me conduzca a él; sin dudas, sin desvíos.

Me han mentido. No elijo nada porque no me permito la entrada de la duda en mis actos. Si lo hiciera, vislumbraría la posibilidad de escaparme de este destino rectilíneo hacia el Hades.

Allá voy. Ya no puedo dejar las cosas como están. Desde el momento de mi nacimiento estoy siendo impulsada por una fuerza de la que no respondo y a la que no puedo desobedecer.

Soy cobarde, hermana. Me entrego a mi destino como la mosca apresada en la tela. No puedo más que correr allá afuera a cobijar a ese hombre con mi propio cuerpo y con la tierra que mis uñas puedan arrancarle a la piedra. No puedo más que arrojarme sobre su rostro hueco y ver mi infancia reflejada dentro suyo, como en el fondo de un pozo, para que ya no duela más en mi carne el cuchillo que clavaron en la suya.

Soy egoísta, hermana. Sólo pienso en mi deber y en el goce de llevarlo a cabo. Ese cuerpo que se pudre y al que ya no le duelen las espinas del calafate que invade las rocas, ese despojo que desaparece agobiado por la mirada omnipotente de la luna, ese charco de sangre seca, esa bolsa de huesos que alguna vez fue nuestro hermano ya no podrá ver más nada. Ya no sentirá ningún abrazo tibio, ninguna lágrima que lo recuerde.

¿Me preguntás si tiene sentido entonces? Sé que para mí es necesario. Y aunque luego le resulte inútil al alma de nuestro hermano mismo escrutándonos desde lejos, yo sé que tiene que ser de esta manera, hermana. No sé explicarlo con palabras. Es el cuerpo el que me empuja por este abismo hacia ese trozo de carne humana que se seca en las piedras. Son las manos las que me guían a esconderlo de la inquisidora mirada de la luna. No puedo dejarlo a merced del tiempo y la intemperie. No puedo.
Voy.

(Apagón)

Antígona: (De noche, luz de luna. Está sola en el campo árido de la Patagonia. Paisaje pedregoso con arbustos espinosos y achaparrados) ¿Quién es esta luna que espía? ¿Quién la ha llamado a presenciar el acto más sagrado y original que voy a llevar a cabo con mis manos y el cuerpo de mi hermano? ¿Por qué no se oculta y nos sume en la oscuridad que tanto ansío?

Soy yo, recién nacida, en el barro que se junta entre las piedras y mis uñas ajadas que siguen rasguñando hasta la sangre, hasta llenar con tanto amor las heridas de mi hermano muerto. Porque lo que no soporto es ver su carne abierta y que la luna entre en ella más que mis ojos.

Que se oculte entonces. No quiero que nadie más sea partícipe de esta ceremonia. Sólo la negrura puede escondernos en su seno como la madre a la que no conocimos, para refugiarnos en nuestro dolor y que no sea más que nuestro. No queremos compartirlo con nadie.

(Llora en silencio, mientras hace montículos de piedra alrededor de Polinices)

Antígona: (Al cuerpo del hermano) Quiero morir enterrándote, que el cuchillo que te dio muerte me mantenga estacada a esta tierra. Quiero que toda la vida se me vaya cubriéndote la piel con la tierra escasa para que ya nadie pueda verte. Dejar sólo mis ojos adentro como los únicos testigos de tu lenta descomposición.

Después no habrá nada. Sólo yo renaciendo de tus entrañas secas, de tu alma adormecida, de tu venganza trunca hacia aquél de nuestra misma sangre que te atravesó los intestinos con un cuchillo de matar ovejas. No hay arena ni barro que alcance. Sí, ahora me doy cuenta. No hay arena, ni barro, ni sangre de mis dedos que alcancen a cubrirte tanto odio. Son necesarias también las piedras, y los escombros de la casa materna demolida, y las espinas de los cardos y rosas mosqueta. El mundo entero es necesario para ocultarte de la miseria del hombre que no se conforma con que te hayas muerto, sino que también precisa conmiserarse de sí mismo exponiéndote como un Cristo frío en la inmensidad del desierto; para erosionarte más lento en el viento, en la luna, en los chicotazos de las ramas desnudas, en tanta aridez…

No debemos permitírselo. No debemos dejar que se invista con el arrepentimiento y se vanaglorie de su pena. No podríamos escuchar como llena tu muerte injusta con palabras vanas, con palabras repletas de mentiras. Nos achicharraríamos como hojas secas en el fuego y no quedarían de nosotros ni las cenizas; sólo un recuerdo inútil catalogado bajo una sentencia hipócrita: tu nombre, mi nombre y una moraleja amenazante para que nadie más se atreva nunca a desafiar la voluntad de un poderoso encaprichado.

Sin embargo, hermano, soy culpable yo también. Lo confieso. Soy culpable de orgullo y de cobardía. Después de terminar mi tarea, de llenarte de guijarros las cuencas de los ojos, de confundir tus huesos con las piedras y engañar a la luna, estaré feliz. Y entonces, ay, estúpida de mí, me olvidaré de tu muerte, me olvidaré del tirano. El mundo se me tornará justo y hermoso, y acabaré en la hoguera segura de mí misma, con la convicción plena de que no era necesario nada más.

Nuestro creador lo habrá logrado. Me iré creyendo que he desafiado al poder, que muero por la justicia. Creeré convertirme en mártir, en ejemplo para la posteridad. Disfrutaré, soberbia, viendo el llanto de los arrepentidos. Y no haré más que caer en la trampa, en la tenebrosa urdimbre que trazaron de mi vida. Habré seguido paso por paso, sin querer, el camino previsto; igual que mi padre.

Pero, aunque lo sé, es tarde para dudar. Lo pienso mientras mis uñas ya desaparecen bajo la mortaja fría que te fabrico, mientras mis lágrimas ya arden en el labio abierto de la herida de tu vientre, mientras me fundo en tu esqueleto.

Es porque me enamoré de tu muerte, hermano. Me enamoré de nuestra historia, del dolor y la furia de nuestra hermana recordándola. De la rabia del tirano; de su ignorancia.

Diluvio universal

Por Ximena María López Zieher
Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina

Cabildo y Juramento. Espero, observo. Veo que el mundo pasa y pasa sin levantar la vista. Hay tres personas más a mi lado que también esperan. De vez en cuando una se va y otra ocupa su lugar. Yo estoy primera en la fila, pero los que llegan buscando a alguien nunca me llevan a mí. Se aproximan sacándose los auriculares y abriendo sus bocas, mueven sus brazos, los abren, se acomodan la cartera en el hombro, bajan sus mochilas y las apoyan en el piso, sonríen, se aproximan, posan su mano en la otra persona buscando el equilibrio para ponerle los labios en la mejilla. Algo hablan, dicen, gritan, no sé qué, porque no puedo escucharlos, pero sé que no tiene relevancia. Antes prestaba atención a lo que balbuceaban, pero nunca sacaba ni una palabra interesante de toda esa masa uniforme de sonidos que se suspende entre dos personas y luego cae. Es un hecho, las palabras nunca llegan al otro. Esos guturales vocablos siempre quedan afuera del emisor en tránsito hacia el receptor, que arroja otro discurso suponiendo lo que el otro le ha enviado, pero sin haberlo recibido.

Todavía no llega. La gente sigue caminando hacia adelante y de vez en cuando viene uno en contramano y se chocan. Es inevitable porque todos pretenden ser invisibles y no se miran. Vestidos de negro y gris intentan camuflarse con las baldosas oscuras, el caliente asfalto, el viciado aire. Amablemente evitan dar cuenta de la existencia del otro. Yo lo sé, porque no me miran. Estoy aquí parada en la esquina, vestida de amarillo, pero nadie me ve, como si me hicieran un favor. Quizá prefiero que no me vean, así puedo mirarlos. Me limito a recibir la luz que reflejan sus ropas, sus rostros, sus zapatos, sus uñas de colores, los cabellos desteñidos, los brillantes celulares pegados a un costado de sus cabezas. Esos pequeños aparatos siniestros… Sólo transportan más ruido al ambiente. Puedo ver como las palabras pronunciadas quedan en el aire, salen de las bocas, los teléfonos, los parlantes, los subtes, los motores, el rozamiento de las ropas. Cada ruido es una palabra que se escribe en el aire y precipita al fondo de la materia.

Sigo esperando. Cada vez el aire está más viciado de sonidos escritos. Me cuesta ver el piso de tantas letras que se han caído. A mi lado sigue habiendo tres personas, pero se han vuelto a renovar. La que está más cerca de mí tiene puestos los auriculares a un volumen tal que grandes notas multicolores parecen salir de sus orejas. Salen con letras mezcladas, salen rápido y luego despacio, y después, el estribillo de fuegos adverbiales. Las ondas se desdibujan en éter y explotan en formas rojas, azules, verdes. La cabeza de la chica se mueve para arriba y para abajo, desperdigando las semillas acústicas todo alrededor y salpicando mi ropa. Es lindo al principio, pero después de la tercera canción, se ha vuelto insoportable. Me quiero ir y no puedo, todavía no.

Si en cinco minutos no viene, me voy. Ya la inundación ha llegado al nivel de mis rodillas y hay tantas palabras precipitando por el aire que apenas si puedo ver a la gente que cruza la avenida. Sé que están ahí porque sus pasos desplazan el líquido verbal formando ondas. De vez en cuando pasa un colectivo y las olas son tan grandes que debo saltar para dejarlas pasar. Por supuesto, el resto del mundo no me ve saltando como una loca, porque están demasiado ensimismados en sus discursos y en llegar a dónde sea que van. Yo no me voy a ninguna parte, yo espero y trato de que no me arrastre la corriente.

Ya debería haber llegado hace cinco minutos. ¡Qué impuntualidad! Y yo acá en medio de este diluvio… Para colmo un hombre se puso a leer los diarios del día que hay en el kiosquito, este que está enfrente de mí. Toma el primero, mira la tapa con sumo cuidado, luego, al diariero y le tira un par de comentarios al aire, luego separa el periódico por la mitad y produce una nueva lluvia de noticias. El diariero se limita a mover la cabeza, porque todas las palabras han rebotado contra el papel y ahora escurren por el cuerpo del lector. La verdad es que al diariero no le importa lo que el otro le dice, así que no se molesta en preguntar. Al otro tampoco le afecta que no lo escuchen, porque comunicarse es imposible. Inconscientemente todos sabemos que hablar no sirve para intercambiar ideas. Finalmente, el hombre de las mil lecturas compra un periódico y se va. Se aleja chorreando palabras.

Me cansé de esperar, la verdad. Necesito irme urgentemente, porque tengo los enunciados hasta el nivel de mi cuello. Dentro de poco me llegarán a la cabeza. Es fatal cuando eso sucede. Ya me ha pasado antes: una vez que mis padres estaban discutiendo a alta verborragia durante la cena, una vez que un profesor de derecho propuso un debate sobre el aborto, un día que me quedé atrapada en el ascensor con un claustrofóbico, una noche de enamorados que nos embriagamos de halagos… Al menos, esa última vez fue agradable. Y sucedió en cada caso que, cuando mi cabeza se puso en contacto con ese fluir de esencias verbales, lo absorbió como una esponja.

Ya no hay modo de escapar, por más que salte alto, el agua me va a alcanzar y me va a ahogar. No quiero que toda esa realidad sea mía, no quiero dejarla entrar. Ese líquido subjetivo tiene el horroroso efecto de quedarse muy adentro mío y no salir nunca más. No quiero que entre por mis oídos, no quiero escuchar. Lamentablemente, soy la única que puede drenar tanto palabrerío. Tengo que aceptarlo una vez más, no hay vuelta atrás. He esperado demasiado tiempo.