Paradigmas del “performance” gastronómico en “Marina y su olor” de Mayra Santos-Febres

Por María Inés Ortiz Medina
University of Cincinnati, Ohio

Siempre he dicho que escribir,
leer, comer y hacer el amor
son acciones propulsadas
por un mismo apetito.

Mayra Santos-Febres1

No es un hecho sorprendente el que las mujeres escritoras tomen el espacio de la cocina y todo lo que se produce en ella como motivos para desarrollar su discurso literario. La representación del cuerpo se ve afectada por esas diferentes experiencias que marcan la rutina de la mujer, por lo que se convierte en una ventana hacia lo que sucede en este mundo femenino. Lo gastronómico, como elemento literario representado desde la perspectiva de una autora, se convierte en un medio para subvertir el discurso falocéntrico
tradicional.

Considerado tradicionalmente como parte del rol de la mujer, la perspectiva femenina sobre lo gastronómico puede presentarnos otro punto de vista sobre la representación tradicional de la fémina en el contexto de lo culinario. Harriet Blodgett detalla en cuanto a este argumento que “Women writers of the twentieth century internationally give food even more than second thoughts, and it is a proclivity benefiting from the second wave of
feminist criticism since the 1960s” (261). Entonces, aquí se vuelve fundamental el hecho de mencionar la importancia de Laura Esquivel con su novela Como agua para chocolate como el ejemplo ideal de esta propuesta feminista literaria puesta en práctica a través del espacio de la cocina.

De hecho, la incursión de lo gastronómico en la literatura está directamente relacionada con el papel del cuerpo, en cuanto a su materialidad biológica y psicológica, ya que consecuentemente se crea una consciencia sobre éste en múltiples aspectos. Por consiguiente, la teoría feminista tiene un gran interés sobre la construcción del cuerpo de la mujer y las situaciones que lo afectan. Así lo explica la introducción al libro Feminist Theory: A Reader “Feminist theory is a body of writing that attempts to describe, explain, and analyze the conditions of women’s lives”(Kolmar 2). En este caso, lo gastronómico se enfoca en el cuerpo, bien sea en el aspecto de la alimentación personal, como proveedora.

Como resultado, esta práctica culinaria se convierte en un medio familiar para cualquier lectora. La facilidad de este lenguaje también permite amplificar la incesante búsqueda de lo que es ser mujer, especialmente dentro de los parámetros de una sociedad patriarcal y
postcolonial. Entonces, este lenguaje culinario, en combinación con la ejecución del acto físico que representa el trabajar en la cocina, sirve para crear una actuación o “performance” gastronómico a través del cual las escritoras ponen de manifiesto un mundo íntimo que es traído al espacio público donde se verbaliza esta propuesta teórica. Podemos entender este concepto de “performance” como:

In the feminist movement, performance provided a way for its practitioners to express very personal, sometimes astonishingly aggressive feelings about women’s place in society. It was a medium, that is, that allowed women to perform against the social structures and role models they felt were defined for them by society at large. (Sayre 99)

Se crea un código de comunicación a través de las actitudes y situaciones en las que aparece la mujer y que se expresa a través del papel de lo gastronómico. De ahí que el discurso feminista estudie la supresión de lo femenino y cómo se logra la crítica y análisis de la representación de la mujer en una situación que paulatinamente la ha llevado a encontrarse como un sujeto fragmentado y desasociado consigo mismo.

En esta ocasión, trabajaremos con una cuentista puertorriqueña que toma el motivo culinario como estrategia literaria para poner de manifiesto la situación de la mujer puertorriqueña. El texto muestra la identidad de la fémina de manera quebrantada, y pone de manifiesto la necesidad de representar a este mismo ente dividido a través de la creación literaria. Por eso, llevaremos a cabo el análisis del cuento de Mayra Santos-Febres “Marina y su olor” (1996) para ensayar sobre las propuestas feministas que esta
escritora trae al ámbito literario enmarcado por el uso de lo gastronómico.

La narrativa puertorriqueña y, en especial, la literatura femenina no dejan a un lado este debate sobre el “performance” de la identidad, y se siguen alimentando para ello del contacto entre la tradición gastronómica y la literatura. Este es el caso de la escritora Mayra Santos-Febres, quien en su cuento “Marina y su olor”, retoma los temas de género e identidad a partir de la expresión culinaria, para así explorar la relación entre identidad, comida y raza, como elementos fundamentales para la expresión de la identidad femenina, puertorriqueña y, al mismo tiempo, caribeña.

En primera instancia, sabemos que la protagonista Marina no es el personaje de clase alta, ya que Santos-Febres entra en detalle sobre sus orígenes2 : “Marina se crió en ‘El Pinchimoja’” (43), una fonda3, la cual Rodríguez Juliá define como “la empresa familiar por excelencia” (12). Ésta estaba localizada en el pueblo de Carolina. Santos-Febres nos habla de Marina Paris, y explica que ella era:

una mujer repleta de encantos [que] A los cuarenta y nueve años expiraba todavía esos olores que cuando joven dejaba a los hombres del solar embelesados y buscando cómo poder lamerle las carnes a ver si sabían a lo que olían. (43)

Pero, estos olores a los que se refiere Santos-Febres comunican una imagen que trasciende la función biológica de transpirar. En este caso, se trata de la habilidad de producir olores de comida con el cuerpo, lo que nos muestra otro aspecto de la realidad del Caribe, ya que como explica Antonio Benítez Rojo: “el texto caribeño muestra rasgos de la cultura súper sincrética de donde emerge” (45). Aquí vemos que, gracias al realismo mágico junto con
lo sincrético, se nos presenta una mujer con un cuerpo peligrosamente maravilloso y poderoso.

Más en detalle, Santos-Febres logra enlazar la comida, el género, la raza y la identidad gracias a este recurso del realismo mágico4 ya que el hecho de que su cuerpo emita estos olores no parece contradecir la realidad, sino que participa de ella con total naturalidad. Nuevamente, el que los olores producidos por Marina tengan ese protagonismo en el cuento, nos lleva de nuevo al debate sobre el cuerpo. Aquí vemos cómo Santos-Febres
hace que algo tan íntimo como el olor corporal se vuelva parte del espacio público común, afectando a quienes se ven hechizados por estos olores. Santos-Febres nos muestra la importancia de este cuerpo que tiene la capacidad de expresar los sentimientos de la persona a través de los olores que emana, fruto de los alimentos que prepara y consume. Por ende, esto también nos lleva a retomar el tema de la identidad, ya que, como dice el
refrán popular, “somos lo que comemos”, y en este caso ocurre literalmente.

De hecho, como explica Probyn “Eating and food are the ways in which we perform identities and produce realities” (21). Si aplicamos esta idea al cuento de Santos-Febres, podemos explicarlo como que esta capacidad extraordinaria que tiene el personaje de Marina, es también la forma mediante la cual ella logra descubrir su sexualidad, su identidad, sus emociones y su raza. La autora nos explica que:

A Doña Edovina le empezaba a preocupar el efecto de Marina en los hombres, en especial, la manera en que lograba despertar a don Esteban de la silla de alcohólico en la cual se postraba todas las mañanas desde las cinco […] Ya Marina tenía trece años, edad
peligrosa. (44)

A lo que le sigue que Doña Edovina envía a su hija a la casa de Doña Georgina, una “blanca, beata y ricachona” (45), donde comienza el viaje experimental de Marina hacia la definición de su identidad por medio de los olores de la comida.

Efectivamente, Santos-Febres combina lo culinario con la sexualidad para mostrarnos la necesidad de satisfacer ambas funciones biológicas, puesto que “eating and sex provide the opportunity to go beyond a model whereby the body is an inert entity that passively accepts what goes into it” (Probyn 70). La autora crea un paralelo culinario entre lo erótico y lo racial, gracias a los olores de las comidas que Marina prepara y que se manifiestan en su cuerpo. Esto nos sirve para entender los diferentes aspectos de la personalidad del personaje.

Durante el transcurso del cuento, vemos cómo la protagonista se transforma de niña a mujer, llevando a cabo la experimentación culinaria durante la época en la que trabaja en casa de Doña Georgina. Santos-Febres nos narra que “Fue en la casa de los Velázquez donde Marina se percató de su habilidad prodigiosa para albergar olores en su carne” (45) a lo que añade que “Después de sentirse complacida con los resultados de sus experimentos
aromáticos caseros, Marina empezó a experimentar con olores sentimentales [y] Después de esto practicó los olores de la soledad y el deseo” (46). Todo este desarrollo emotivo a través de la comida demuestra indiscutiblemente cómo este personaje se ve afectado por quienes la rodean. Entonces, Marina logra conocerse a sí misma haciendo uso del mismo
espacio de la cocina donde la había enviado su madre tratando de suprimir su oscura habilidad culinaria. Al mismo tiempo, es posible asociar al ámbito de la raza, específicamente, hacia la negritud como un tema controversial en el contexto de Puerto Rico.5

De igual modo, la posibilidad de que Marina (un personaje negro) pueda provocar su cuerpo para que huela a comida es otro aspecto de la relación entre lo negro y lo mágico como algo vedado y oscuro, siendo esto un estereotipo creado por el blanco en el contexto postcolonial. Fanon analiza este estereotipo y nos dice “the Negro is the symbol of sin” (325), ‘pecado’ que viene por el color de la piel, y que por ende, se traduce al cuerpo
como medio a través del cual se materializa.6 Entonces, ese elemento sensual de las comidas que Marina prepara se convierte en una especie de obsesión sexual, que puede ser una frustración sexual de Doña Georgina proyectada en estas habilidades de Marina. Así, podríamos decir que Santos-Febres juega con esta idea sobre lo exótico de la raza negra, al mismo tiempo que expone ese inagotable misticismo que le impone el blanco a modo de
explicar la negritud como el elemento de sensualidad del que carece el blanco, y que al desearlo, al igual que al consumir la comida, se convierte en pecaminoso.

De la misma manera, Marina aprende que con esta capacidad de reproducir con su cuerpo los olores de la comida también viene un deseo de dar confort, amor y placer, que en este caso también está ligado al rol de la mujer negra como matrona. Marvalene H. Hughes nos explica que:

Through her mysterious, spiritual self-confidence and through her arrogance in food preparation, the Black woman gains a sense of pride as she watches her extended family – her man, her children, and maybe her grandparents, sisters, nieces and friends – enjoy the soulful tastes and textures prepared by her skillful hands. (273)

Por consiguiente, el realismo mágico que reproduce esta dinámica entre la comida y la identidad, nos permite comprender cómo en el cuento Marina lleva a cabo un “performance” de su identidad, gracias a exhalar “olores picantes, salados y dulces por todos los goznes de su carne” (Santos-Febres 44) que seducen e invitan a degustarla y a consumirla como mujer y como personaje.

Sin embargo, esta misma habilidad de Marina se convierte en un arma poderosa que puede tanto ayudarla como destruirla. Este fue el caso cuando Marina accidentalmente descubre a Hipólito “en el baño raspeteándose la verga, la cual despedía un olor a avena con moho dulce”(46).7 Anteriormente, Marina había rechazado a Hipólito a quien “de solo imaginarse que le ponía un dedo encima, su carne empezaba a oler a pescado podrido y ella misma se daba nauseas” (47). Hipólito, a quien “le encantaba la carne prieta” (47), había intentado tener amores con Marina pero ella se había negado, lo que le ganó el desprecio y el coraje de éste con ella, convirtiéndose así en su enemigo.8

No obstante, esta ira de parte de Hipólito contra Marina, afecta al punto climático del cuento cuando Marina “empezó a fijarse en los varones del pueblo” (47) y conoció a Eladio Salamán “que de una sola olida la dejó muerta de amor” (47). Esta escena, que fácilmente podemos comparar como una parodia al momento en que el personaje de Pedro, en Como agua para chocolate, mira a Tita y siente que se convierte en buñuelo, es el momento
en que Marina empieza a sufrir un mal de amores, a consecuencia del cual “Se le borró de cantazo su memoria olfativa” (49).

En su desesperación por reencontrarse con este hombre que había trastornado sus olores, Marina empieza a sufrir de una deficiencia culinaria que la lleva a que “un pastelón de papas le salió del horno oliendo igualito que los calzoncillos del niño Velázquez” (48).9 Pero esta confusión sensorial y culinaria se alivia en sus encuentros a escondidas con Eladio, ya que después su comida “olía a amor y al cuerpo dulce de Eladio Salamán” (48). Sin embargo, estos amores provocan los celos de Hipólito, quien comenta la situación con su madre con la intención de poner de malas a Marina con la señora de la casa.

Consecuentemente, esta discordia llega al punto de que Doña Georgina:

Cuando llegó Marina, la insultó. – Mala mujer, indecente, negra apestosa, apestosa – Y hasta que tuvo que intervenir Mamá Edovina para convencer a la patrona que no la botara de su casa. Doña Georgina aceptó, pero con la condición de rebajarle el
salario y redoblarle la vigilancia. (48)

El hecho de que Marina trabaje como cocinera para una familia blanca representa la realidad de la época colonial criolla10, en la cual las esclavas negras que trabajaban en la casa tenían una relación más íntima con la familia que los esclavos que trabajaban el campo. En este caso vemos que el trabajo de Marina en la casa estaba remunerado, pero su sueldo es reducido como castigo por sus amoríos con Eladio. La propia Mayra Santos-Febres
nos explica en su libro Sobre piel y papel que “la sexualización de las mujeres negras responde en gran parte a la fabricación de esta ‘inferioridad’” (120) que en el caso del cuento queda demostrada en el acoso y los insultos de Doña Georgina e Hipólito a Marina.

Nuevamente, el espacio de la cocina que le sirve a Marina para liberarse es el mismo espacio donde se le castiga. Nos dice Marvalene H. Hughes que “the kitchen bound/domestic-bound Black woman is still in slavery” (275) y que en este cuento de Santos-Febres sale a relucir cuando vemos que a la protagonista se le representa esclavizada a los antojos y desdenes de la familia Velázquez como la imagen del doble discurso sobre este lugar que ha sido tradicionalmente relegado a la mujer y desde donde
logra reivindicarse. Aun más, es por medio de la palabra y la metáfora sobre la comida que Marina se libera de una vez por todas del maltrato y abuso por parte de Doña Georgina.

La escritora nos explica que en el encuentro entre Marina y Eladio en casa de los Velázquez “el niño [Hipólito] los sorprendió. Hipólito le propuso a Marina que si le dejaba chupetearle las tetitas, él mantendría el secreto y no le diría nada a la patrona” (49). Ella reaccionó con ira: “Marina se enfureció de tal modo que no pudo controlar su cuerpo” (50). Esta situación
llevó a que Marina por fin se liberara del abuso en el que vivía. Primero, “Por todos los poros se le salió un olor herrumbroso mezclado con peste a aceite quemado y ácido de limpiar turbinas” (50) que provoca que Hipólito se desmaye. Esto se convierte en la primera victoria de Marina contra los Velázquez.

Pero el personaje de Marina no se detiene ahí, ya que “entró en el aposento de Doña Georgina. Fumigó el cuarto con un aroma a melancolía desesperada […] Iba a matar a aquella vieja de pura frustración” (50). Su efecto fue tal que “La casa entera despedía aromas inconexos, desligados, lo que obligó a que nadie más en el pueblo quisiera visitar a los Velázquez nunca más” (50). Entonces, la rebelión de Marina se completa cuando al salir de la casa, como toda una triunfadora y llena de confianza en sí misma, afirma “-¡Para que ahora digan que los negros apestan!” (50). 11 Con esta frase, la autora trata de impactar al lector después de presenciar el dramático abandono de la casa por parte de la protagonista.

Cabe señalar que, Santos-Febres une estos elementos culinarios para demostrarnos la dinámica entre la identidad y la raza como conceptos que se representan para los demás, pero que no son discutidos ni afrontados abiertamente por el pueblo puertorriqueño. El hecho de que el personaje de Marina verbalice estas ideas nos muestra cómo se inscribe en el espacio público el tema de la raza, muy controvertido en la sociedad y la literatura de
Puerto Rico. Como ironía última del texto, el insulto de ‘apestosa’ se materializa en el cuerpo de Marina para aniquilar la soberbia de quienes lo profirieron (Rivera n.p.) siendo parte de su caracterización como personaje picaresco.

De este modo, podemos entender que Santos-Febres, como escritora y como mujer negra, precisa de la palabra para poner de manifiesto la realidad del discrimen racial que existe en la isla, pero del cual nadie quiere hablar. La autora nos dice que “no hablar de raza perpetúa el silencio y la marginación pública” (24). Por esto, gracias al empleo del discurso
gastronómico en el cuento, se logra demostrar cómo la mujer negra, ama de casa y escritora puede subvertir el discurso tradicional y las expectativas sociales, inscribiéndose en un espacio propio donde puede reconciliar su identidad y cuerpo fragmentado por estos esquemas sociopolíticos.

Recurrimos nuevamente a la crítica que hace Antonio Benítez Rojo, quien aborda el tema de la identidad en el Caribe. En cuanto a este tema, el crítico explica que:

la imposibilidad de poder asumir una identidad estable, ni si quiera el color que se lleva en la piel, sólo puede ser reconstruida por la posibilidad de ser “de cierta manera” en medio del ruido y la furia del caos. (44)

Por esta razón vemos que Santos-Febres intenta salir de ese caos que menciona Benítez Rojo por medio de la materialización de la identidad en el cuerpo, siendo lo gastronómico la posible solución para intentar descifrar la angustia de ser puertorriqueña y negra en una sociedad postcolonial opresora.

No obstante, el debate no se detiene aquí, ya que el contexto postcolonial en donde se escribe el cuento también influye marcadamente en la representación de la identidad, especialmente si está vista desde el contexto de la raza. Retomamos el discurso de Fanon, quien explica que “there are times when the black man12 is locked into his body” (326); así la necesidad de contar, la oralidad, es el elemento fundamental para la expresión de esa identidad, que se logra fuera del cuerpo mismo, y que culmina en el “performance” del cuerpo en la literatura o en la comida. Este “performance” también sirve como el elemento mediante el cual las escritoras logran conciliar a ese sujeto femenino que vive en un contexto que afecta la forma en que se percibe y se presenta a los demás. Entonces, el
proceso de la escritura creativa en este caso nos permite entrever la dinámica
de hacer público un espacio privado, como lo es el de la cocina.

Finalmente, hablar sobre comida es hablar sobre el cuerpo mismo. Como nos dice la teórica feminista francesa Hélenè Cixous, “By writing herself, woman will return to the body which has been more that confiscated from her, which has been turned into the uncanny stranger in display” (258). Entonces, a través de la escritura que medita sobre su relación sobre la comida y el cuerpo, la mujer puede intentar crear un espacio propio donde logrará recomponer las piezas de ese sujeto que con el paso del tiempo se había ido fragmentando y que ahora había pasado a representar un espejismo en el cual no se reconocía.

Asimismo, Santos-Febres, como mujer escritora, intenta mostrar su preocupación personal y colectiva por definir el rol de la mujer puertorriqueña gracias a este contexto culinario. Su preocupación artística también pone de manifiesto la necesidad de replantear el debate sobre la raza para presentarnos una idea de puertorriqueñidad compleja, mudable y
alterada como resultado de los procesos políticos, sociales, económicos y culturales de este pueblo. Esto representa el cúmulo de una realidad heterogénea, cargada de complejidades, de las cuales la gastronómica es sólo una de las posibles miradas y aproximaciones al tema que trascienden la cotidianidad, para traernos un problema que al día de hoy no se ha resuelto. Con el paso de cada día, la definición de una identidad puertorriqueña se
vuelve más polifacética.

Notas

1. Mayra Santos-Febres, “Historia de una voracidad”, Sobre piel y papel, San Juan: Ediciones Callejón, 2005.

2. En este caso, Santos-Febres juega con la práctica social de establecer quiénes son los antepasados, a modo de emular las prácticas literarias de la literatura picaresca. En esta tradición literaria se nos presentan los orígenes y el pasado familiar del protagonista, con el propósito de justificar el estatus corriente del personaje como un resultado de ese
condicionamiento social en el que nació, y consecuentemente, traduciéndose al plano literario como el motivo que le lleva a actuar de esa forma en particular.

3. Edgardo Rodríguez Juliá, Elogio de la fonda, San Juan: Editorial Plaza Mayor, 2001. En este libro, el crítico lleva a cabo un análisis de la cultura y tradición de la fonda a través de todo Puerto Rico. La obra es el resultado de una colección de las crónicas periodísticas de la sección “Domingo” del periódico El Nuevo Día. Por esto es que vemos que el espacio
de la fonda aparece recurrentemente como el lugar común para la perspectiva gastronómica en la narrativa puertorriqueña.

4. En este caso podemos decir que Santos-Febres parodia al personaje de Tita en la obra de Laura Esquivel Como agua para chocolate, convirtiéndose en el ejemplo clásico de la relación entre la comida y el realismo mágico. Durante toda la novela, al igual que en el cuento, Tita y Marina se comunican a través del elemento gastronómico gracias al cual
logran expresar una gama de sentimientos, desde el odio más profundo al amor más sublime.

5. El Censo de 2000 reflejó que la población de Puerto Rico se considera predominantemente blanca (un 80% de la población escogió blanca dentro de la sección de raza). Esta estadística reavivó la controversia sobre el pasado ancestral puertorriqueño y la imagen que tiene hoy en día el pueblo sobre sí mismo. Para más detalles ver “Puerto Rico 2000: Resumen de características de la población y vivienda”. Disponible en http://www.census.gov/prod/cen2000/phc-1-53-SPAN.pdf

6. Al hablar del sincretismo religioso que prevalece en el Caribe, es posible poner de manifiesto un paralelismo entre la transustanciación del vino y el pan en el cuerpo de Cristo frente a la transmutación del cuerpo de Marina en los olores a comida: “sorprendió a su cuerpo oliendo al menú imaginario – sus codos a recaíllo fresco, sus axilas a ajo, cebolla y ají rojo, sus antebrazos a batata asada con mantequilla” (Santos-Febres 46).

7. Es interesante como Santos-Febres, al igual que Lugo Filippi, hacen público ese espacio de la seducción y el acto sexual por medio de la comida. En este caso, como voyeurs, tenemos una escena de porno-gastronomía, ya que Santos-Febres transforma un acto privado como la masturbación, en un hecho que se traduce a los sentidos del gusto y del
olfato, haciendo uso del lenguaje vulgar y culinario. Esta descripción produce cierta repugnancia porque cuando hablamos de moho en la comida, sabemos que se encuentra en proceso de descomposición. Por ende, no es comestible, lo cual podría ser una metáfora para hablar de la persona podrida que era el niño Hipólito. Igualmente, la autora se burla de la sobre sexualización de la mujer en la pornografía cuando crea una imagen
repulsiva de Hipólito como “enclenque y amarillo, con unas piernas famélicas y sin una sola onza de nalgas” (Santos-Febres 46-47).

8. Aquí hay un doble juego con el lenguaje, ya que se refiere al deseo por las mujeres negras, al igual que a la carne que se quema en la brasa.

9. El uso del niño aquí es irónico. Este término se reservaba para referirse a la prole de una familia de clase alta con una actitud intachable. Este no es el caso de Hipólito, que como explica Santos-Febres “las lenguas del pueblo decían que casi todas las noches se paseaba por el Barrio Tumbabrazos buscando mulatitas para hacerles ‘el daño’” (47), lo que deja
entendido que Hipólito se aprovechaba de su estatus social y del poder que tenía para abusar de las mujeres del barrio.

10. Cabe señalar que Santos-Febres en ningún momento nos da una fecha o una guía para saber en qué momento histórico nos encontramos, aunque pareciera sugerir principios del siglo XX, dado el hecho de que se hace mención del “cine Secreda” (48).

11. Wenceslao Serra Deliz, El refranero puertorriqueño: Historia e Ideología. Santurce: Gráfica Metropolitana, 2002. El autor hace un análisis sobre los refranes que se usan en Puerto Rico, y dedica un capítulo específicamente al estudio del discrimen social, racial y de género que se produce en el habla coloquial de la isla. El capítulo se titula “El prejuicio
racial en el refranero puertorriqueño”.

12. Cabe recalcar que el enfoque teórico de Fanon se centra en la condición del negro y no de la negra. No obstante, es de mayor interés el hecho de que sea una mujer escritora quien traiga al foro de discusión la realidad del estereotipo de la mujer negra y que lo subvierta a través de su representación por medio del discurso gastronómico.

Obras citadas

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